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En la torpedera Maipú venían los restos mortales de Domingo Faustino Sarmiento, cubiertos por aquellas tres banderas y también por la uruguaya. Habían partido días antes desde Asunción y recibido homenajes en Formosa, Corrientes, Paraná, Rosario y San Nicolás, en el largo itinerario por el río Paraná.
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Más de cien mil personas en el recibimiento acongojado de Buenos Aires, constataron los cronistas de La Prensa Argentina . En la nota necrológica, LA NACION había observado, como rasgo sobresaliente en Sarmiento, la renuencia a los halagos de la popularidad, pues "creía que los pueblos tenían más para ganar con la verdad, por dura que sea, que con la indulgencia para señalarles vicios o deficiencias".
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Llegaba a Buenos Aires para el descanso, que había rehusado en una vida desentendida de los secretos del sosiego. Ahora, por primera vez en mucho tiempo, a su alrededor, sólo la gravedad del silencio. Ni un denuesto para quien había sido "el Loco", cuando imperaban la incomprensión y las emociones exacerbadas hasta el odio. Había sido objeto de la ira ajena, y atizado la propia en el recurso desesperado de quien se obstinaba por alcanzar con urgencias el progreso social.
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¿Cómo interpretaría Sarmiento la calidad con la cual se inserta su nombre en el espíritu colectivo de estos días? No es de descartar que, habiendo sido tan resuelto en proclamar la superioridad de la obra que dejó, experimentara un estado de perplejidad sobre lo que quieren al fin los argentinos.
¡Sarmiento perplejo, se dan cuenta! Le sería arduo de entender, acaso, que en empinadas testas que deciden o gravitan se superpongan a sus libros otros que fomentan todo aquello que él había combatido: el rencor hacia las sociedades que gratifican el ejercicio de la responsabilidad individual, el desdén por el mundo exitoso, el desacuerdo entre convocar al capital extranjero y el hostigamiento simultáneo para ahuyentarlo
Impresiona la magnitud de lo que Sarmiento hizo por la educación popular, como un compromiso en la acción con el más democrático de los principios, el de la igualdad de oportunidades, pero también por el impulso que dio a la conciencia agraria nacional. (….)
Sarmiento había nacido en San Juan, en 1811. Salvo la revolución, estaba todo por hacerse. Algún día iba a escribir que la sociedad argentina había comenzado a organizarse, en realidad, hacia 1820, según ideas de las que estaba impregnada por inspiración de Martín Rodríguez, Las Heras y Rivadavia. Y explicaría cuál era, en rigor, la materia de aquella inspiración, que después ha sido necesario invocar con la fuerza de un programa renovado de gobierno: " seguridad individual, respeto de la propiedad, responsabilidad de la autoridad, equilibrio de los poderes, educación pública ".
Esta última fue su más rotunda obsesión. A los 15 años ya estaba en San Francisco del Monte, San Luis, al frente de su primera escuela. Todavía en 1868 -año en que asumió la presidencia de la Nación después de haber sido militar, concejal, legislador provincial, ministro, constituyente, gobernador, y cumplido misiones diplomáticas en Chile, Perú y los Estados Unidos- el setenta por ciento de la población del país ignoraba cómo leer y escribir.
Se debe a su persistencia la fundación de más de ochocientas escuelas. La apertura de instituciones de la trascendencia de la primera escuela normal de América latina, en Chile, por dos veces asiento de las tristezas del destierro. Las escuelas normales de Paraná y Concepción del Uruguay y, entre otros colegios nacionales, los de Santiago del Estero y Corrientes. El Observatorio Astronómico y la Facultad de Ciencias de Córdoba, el Boletín Oficial, las bibliotecas populares que prodigó al país.
Fue honrado con un doctorado honoris causa por la Universidad de Michigan, y de su amistad con los educadores Horacio Mann y su esposa, Mary Mann, derivó que vinieran al país unos setenta pedagogos norteamericanos por él contratados. Todos ellos pensaban, como los Mann, que "la educación es nuestra única solución política", que, fuera de ella, "todo es diluvio".
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Al cabo de sesenta años entregados al bien público, Sarmiento había terminado por habituar a la Argentina a la reciedumbre de su genio, de sus arengas y artículos periodísticos, a la de esa pluma también fresca por la espontaneidad y presente en una obra ordenada en más de cincuenta tomos. Recuerdos de provincia , Argirópolis -un proyecto de organización política para el país y la región-, Conflictos y armonía de las razas en América , Educación popular , Viajes por Europa, Africa y América , la serie de estudios biográficos: Aldao , Lincoln , Dominguito , el hijo cuya muerte en la guerra del Paraguay le había partido el alma.
Aquel varón de rasgos y hombros cargados, de cabeza grande y cuerpo sólido, sensible a las ternuras de la intimidad y hosco para el trato público; aquel hombre desentendido del acopio personal de riquezas materiales y sin el don de la elegancia, acaso porque todos los dones habían sido concentrados en la construcción suprema del intelecto, había vivido en un tiempo igualmente extraordinario del país. Tantas calidades reunidas invitan a pensar que cualquier comparación de él y su época con la posteridad pueda ser impugnada de arbitraria, por inmisericorde, más cuando se sabe que la memoria se empeña de ordinario en embellecer el pasado, no en estropearlo.
Dejémoslo, pues, donde está, en su descanso en la Recoleta, adonde el féretro llegó sobre un carruaje arrastrado por doce corceles azabaches y rodeado de la multitud en la que sobresalían los estudiantes, en la tarde del 21 de septiembre de 1888. Dejémoslo allí, pero sin buscar entre los muertos, como advirtió LA NACION parafraseando a Mitre al hablar de Rivadavia, "al que vive entre nosotros y vivirá siempre entre nuestros hijos, mientras latan corazones argentinos, mientras en esta tierra se rinda culto a la inteligencia, al patriotismo y a la virtud".
Vive, en efecto, Sarmiento, en hombres y mujeres de las más diversas condiciones sociales. Vive en todos aquellos dispuestos a superar con esfuerzo y solidaridad las dificultades que se interponen en el camino compartido de la nacionalidad. Vive entre quienes saben que, para la reafirmación institucional impostergable, se requiere el diálogo, la reflexión introspectiva y "una antorcha tranquila para ver en su verdadera luz los hechos y penetrar en la corteza que los envuelve, hasta sus causas remotas y recónditas". Así escribió en Conflicto y armonías de las razas en América y así lo recordó Adelmo Montenegro, en el centenario del nacimiento, para contraponer el lugar que había hecho, al final de su obra, al espíritu de conciliación respecto de los años de mayor beligerancia.
Vive Sarmiento entre quienes, cuando por alguna razón decae la esperanza, acuden a la inagotable fuente de sus ideas y de su obra y se encuentran así, sin ir más lejos, con aquella confesión que hizo también en el tramo último, los de la banca por San Juan en el Senado (1874), los del breve Ministerio del Interior en la presidencia de Avellaneda (1879), los de la Superintendencia General de Escuelas (1881): "La pureza de los administradores públicos ha sido la tradición nacional. ¿Cómo se les iba a ocurrir a los unitarios, a Mitre, a Valentín Alsina, así a ninguno de nosotros lo que no se le había ocurrido a Rosas en veinte años de gobierno irresponsable?
Por José Claudio Escribano
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